Detectar la presencia de una plaga normalmente implica encontrar el propio animal o alguna evidencia de su actividad: capturas en trampas, excrementos, daños, huellas, imágenes o avisos de personas. Pero una tecnología procedente del ámbito de la biodiversidad comienza a plantear otra posibilidad: buscar el rastro genético que los animales dejan en el entorno.
Es el denominado ADN ambiental o eDNA (environmental DNA). Animales e insectos liberan continuamente pequeñas cantidades de material biológico a través de escamas, pelos, excrementos, secreciones, restos celulares y otros materiales. Parte de ese ADN puede permanecer temporalmente en el agua, el suelo, los sedimentos o incluso suspendido en el aire y, mediante técnicas moleculares, puede utilizarse para identificar qué especies han estado presentes en un determinado entorno.
La tecnología se utiliza desde hace años en investigación ecológica, especialmente en ambientes acuáticos. Ahora, nuevos estudios están explorando aplicaciones mucho más próximas al control urbano de plagas, desde detectar mosquitos mediante muestras de aire hasta buscar rastros de roedores en la escorrentía de las ciudades.
¿Estaremos frente a un nuevo y futuro escenario de detección de plagas en nuestro sector?
Todavía estamos lejos de sustituir las trampas o la inspección profesional, pero el concepto abre una posibilidad especialmente interesante: detectar especies difíciles de observar sin necesidad de capturarlas directamente.
¿Qué es exactamente el ADN ambiental?
El ADN ambiental es material genético obtenido directamente de una muestra del entorno, sin necesidad de capturar o manipular previamente al organismo que queremos localizar.
En lugar de buscar al animal, se busca lo que ha dejado atrás.
Por ejemplo, una muestra puede proceder de:
- agua,
- suelo,
- sedimentos,
- material acumulado por escorrentía,
- o incluso aire.
Posteriormente, el laboratorio extrae el ADN presente y utiliza técnicas como la PCR para buscar secuencias genéticas características de una determinada especie.
Esta capacidad resulta especialmente interesante cuando hablamos de animales con poblaciones reducidas, especies difíciles de observar o entornos donde la inspección visual presenta limitaciones. Diferentes investigaciones científicas destacan precisamente la sensibilidad y el carácter no invasivo del eDNA como algunas de sus principales ventajas para detectar especies y estudiar su distribución.
En el ámbito urbano, ese principio podría trasladarse en el futuro a una pregunta muy concreta: ¿podemos saber que existe una plaga antes de conseguir verla o capturarla?
Detectar mosquitos a partir del aire
Uno de los avances más interesantes apareció en febrero de 2026.
Investigadores vinculados al Senckenberg Research Institute y otras instituciones alemanas publicaron en Conservation Genetics Resources una prueba de concepto sobre el uso de ADN ambiental aéreo para detectar al mosquito tigre, Aedes albopictus.
El planteamiento resulta especialmente novedoso porque gran parte del trabajo previo con ADN ambiental de mosquitos se había centrado en muestras de agua.
En este caso, los investigadores utilizaron filtros para recoger partículas presentes en el aire de cámaras climáticas en las que se mantenían ejemplares de Aedes albopictus. Posteriormente analizaron las muestras mediante técnicas específicas de PCR y consiguieron identificar ADN perteneciente al mosquito.
El experimento demuestra algo importante: los mosquitos pueden dejar suficiente material genético en el aire como para que sea detectado mediante técnicas moleculares.
Sin embargo, existe una limitación fundamental. Los propios investigadores señalan que el estudio se realizó en condiciones controladas y que son necesarios experimentos de campo a mayor escala para determinar hasta qué punto este método funciona de manera fiable en situaciones reales.
Una habitación controlada con mosquitos conocidos no presenta la misma complejidad que un parque, una red de alcantarillado, un almacén o una instalación urbana abierta, donde el viento, la humedad, la distancia y numerosas fuentes diferentes de ADN pueden afectar a las muestras.
Por tanto, todavía no hablamos de colocar un filtro en cualquier instalación y obtener automáticamente un mapa exacto de mosquitos. Pero el principio ya ha demostrado que puede funcionar.
De buscar capturas a buscar señales
Si la técnica consigue trasladarse con éxito al terreno, podría complementar algunos de los sistemas tradicionales de vigilancia.
Actualmente, detectar mosquitos suele implicar combinar métodos como trampas de adultos, ovitrampas, inspección de criaderos y revisión de posibles puntos de reproducción.
El eDNA plantea una lógica diferente.
Imaginemos una instalación donde existe sospecha de actividad de una determinada especie, pero las trampas todavía no han producido capturas. Un sistema capaz de recoger y analizar material genético podría añadir una nueva señal a la investigación.
Esto no significaría necesariamente que el ADN ambiental permita siempre detectar una plaga antes que una trampa. La cantidad de ADN, su persistencia, las condiciones ambientales o incluso la contaminación de las muestras pueden afectar al resultado.
Su potencial estaría más bien en añadir otra capa de información a la vigilancia.
En lugar de depender exclusivamente de una evidencia:
captura → identificación → intervención
podríamos avanzar hacia sistemas que combinen:
trampas + inspecciones + sensores + información ambiental + evidencias genéticas.
La decisión técnica seguiría dependiendo de interpretar correctamente todas esas señales.
¿Y si pudiéramos rastrear roedores a través de la lluvia?
Los mosquitos no son la única aplicación que se está investigando.
En 2025, investigadores de la Universidad de Tokio publicaron un estudio sobre el uso de sólidos presentes en la escorrentía urbana para detectar ADN ambiental de roedores.
La idea parte de algo bastante sencillo.
Cuando llueve sobre una ciudad, el agua arrastra polvo, materia orgánica, pelos, restos fecales y numerosos materiales acumulados sobre las superficies urbanas. Entre ellos puede encontrarse material genético procedente de animales que utilizan esos espacios.
Los investigadores desarrollaron un sistema de muestreo pasivo destinado a capturar los sólidos transportados por esa escorrentía y posteriormente analizaron el material mediante técnicas moleculares.
El estudio consiguió detectar ADN de ratón en varias muestras, aunque las detecciones estuvieron por debajo del límite establecido para poder cuantificarlo con precisión. Los investigadores también desarrollaron ensayos específicos destinados a ratones y ratas, señalando que todavía es necesario mejorar la capacidad de cuantificación y validar el sistema.
Precisamente por ello, el resultado no debe interpretarse como un nuevo método comercial para contar ratas en una ciudad.
Lo interesante es el concepto: la propia infraestructura urbana podría convertirse en una fuente indirecta de información sobre animales que normalmente permanecen ocultos.
Una nueva herramienta para descubrir lo que ocurre bajo la ciudad
En el control urbano de roedores, uno de los mayores problemas es precisamente conocer con precisión dónde se concentra la actividad.
Las observaciones ciudadanas, las capturas y las inspecciones aportan información imprescindible, pero ninguna de ellas ofrece por sí sola una fotografía completa de la población.
Los roedores se desplazan por alcantarillas, solares, edificios y espacios de difícil acceso. Muchas veces pueden permanecer activos sin ser observados directamente.
En un futuro, la recopilación de ADN en puntos estratégicos de drenaje podría ayudar a responder preguntas como:
- ¿En qué zonas aparece repetidamente material genético de una determinada especie?
- ¿Cambian esas señales entre barrios?
- ¿Descienden después de una intervención?
- ¿Aparecen rastros en áreas donde todavía no se han registrado avisos o capturas?
Todavía se trata de hipótesis y líneas de investigación, no de capacidades operativas plenamente establecidas. El estudio de Tokio señala problemas como la presencia de sustancias que pueden interferir con la PCR y la necesidad de mejorar la cuantificación del ADN objetivo.
Pero la posibilidad de convertir el agua de escorrentía en una especie de «muestra agregada» de lo que ocurre en una zona urbana resulta especialmente interesante para programas de vigilancia a gran escala.
¿Puede el eDNA sustituir a las trampas?
Por ahora, no.
Y probablemente el verdadero valor de esta tecnología no estará en sustituirlas.
Una prueba genética puede indicar que existe ADN de una especie determinada, pero el profesional necesita mucha más información antes de decidir qué actuación realizar.
Una detección positiva no explica automáticamente cuántos individuos existen, dónde se encuentra exactamente el foco o si la actividad continúa produciéndose en ese momento. Además, el ADN puede degradarse, desplazarse desde otra ubicación o encontrarse en concentraciones demasiado bajas para ser detectado.
Por eso, el escenario más interesante es el de una vigilancia multimétodo.
Las trampas permiten observar actividad y realizar capturas. Los sensores y trampas inteligentes IoT conectados a sistemas de gestión pueden generar información continua y alertas. Las inspecciones permiten interpretar las condiciones estructurales y ambientales. Las cámaras inteligentes empiezan a identificar y contabilizar determinadas plagas mediante inteligencia artificial y visión computacional. Y el eDNA podría añadir evidencias moleculares sobre especies que han pasado por un determinado entorno.
Cada herramienta respondería a una pregunta diferente.
Del control reactivo a una vigilancia cada vez más preventiva
El interés del ADN ambiental encaja además con una transformación más amplia del control de plagas urbano.
El sector está avanzando desde modelos basados principalmente en reaccionar ante una incidencia hacia sistemas que buscan detectar señales débiles antes de que el problema resulte evidente.
Las trampas inteligentes, la monitorización remota, los mapas de calor para el control de plagas, la visión computacional y el análisis de datos ya están reforzando esta tendencia. El eDNA podría convertirse en otra pieza dentro de ese ecosistema.
Una empresa de sanidad ambiental podría, en un escenario futuro, combinar información procedente de diferentes fuentes:
una trampa registra actividad, un sensor detecta cambios, una muestra ambiental identifica material genético y el histórico de la instalación muestra que esa zona ya ha presentado incidencias.
El valor real aparecería al conectar todas esas señales para decidir dónde inspeccionar, qué prioridad asignar y cuándo intervenir.
Esta evolución hacia una gestión conectada y basada en datos ya forma parte de la transformación tecnológica del sector. Plataformas especializadas como iGEO para empresas de control de plagas permiten centralizar información procedente de servicios, puntos de control, dispositivos inteligentes y otras fuentes para facilitar la trazabilidad y la toma de decisiones.
La tecnología eDNA todavía tiene que resolver importantes retos antes de llegar a ese punto: estandarización del muestreo, costes de laboratorio, tiempos de análisis, riesgo de contaminación, interpretación de resultados y, sobre todo, validación en situaciones urbanas reales.
Pero los experimentos realizados con mosquitos y escorrentía urbana muestran que una idea que hace pocos años parecía propia de la investigación ecológica comienza a acercarse a problemas muy concretos de la sanidad ambiental.
Conclusión: la próxima señal de una plaga podría ser invisible
Durante décadas, la vigilancia del control de plagas ha dependido fundamentalmente de aquello que podemos observar: animales, capturas, daños o indicios.
El ADN ambiental introduce una posibilidad diferente: detectar lo que no vemos a partir del rastro biológico que deja tras de sí.
Los experimentos con Aedes albopictus muestran que incluso el aire puede contener información genética suficiente para identificar una especie bajo condiciones controladas. Las investigaciones sobre escorrentía urbana demuestran, por su parte, que los materiales arrastrados por la lluvia pueden contener rastros útiles para estudiar animales ocultos en las ciudades.
Todavía es pronto para hablar de una herramienta cotidiana para las empresas de control de plagas. Sin embargo, el potencial es significativo.
El futuro de la vigilancia urbana probablemente no dependerá de una única tecnología, sino de combinar inspección profesional, trampas, sensores, imágenes, datos y nuevas evidencias biológicas.
Y quizá, dentro de unos años, encontrar una plaga no empiece por verla.
Puede empezar simplemente por encontrar el ADN que dejó atrás.


